2008/10/17

Cuento para pensar- - "Carmen la lavandera"-



Los tiempos cambian y ahora es difícil pensar que antes, hasta mediados del siglo pasado, había mujeres que se dedicaban a lavar la ropa en casa de familias.

Pasaban horas inclinadas en las piletas lavando sábanas, toallas y toda la ropa sucia de las casas. Utilizaban una tabla para fregar las manchas con panes de jabón, porque todavía no existía el jabón en polvo.

El lavarropas surgió junto con los demás enseres domésticos gracias a los adelantos tecnológicos y el desarrollo de la industria en todo el mundo posteriores a la segunda guerra mundial.

Carmen era la mujer que trabajaba en mi casa. Era una mujer casi anciana que había venido de Galicia hacía unos años y que vivía sola en una pensión del barrio de San Cristobal.

Pasó muchos años de su vida con sus manos dentro del agua jabonosa de una pileta. Parecía una bruja y los más chicos le teníamos miedo, siempre vestida con apenas unos harapos y con el pelo largo y canoso que ocultaba una siniestra cara arrugada.

Venía todas las semanas y se quedaba todo el día al pie de la pileta inclinada sobre la tabla de lavar dejando inmaculada la ropa.

Caminaba con dificultad, ocultando entre sus piernas una bolsa que intentaba disimular con su larga pollera. Algunos decían que allí guardaba todo el dinero que había ahorrado durante muchos años de trabajo.

Conocía la vida de todo el mundo pero de ella nadie sabía nada y muchas veces parecía no estar en su sano juicio. Sin embargo, para hacer su trabajo nadie la igualaba.

Una noche, cuando salía de su trabajo cansada, y mientras se dirigía a la pensión con paso vacilante, se topó con un desconocido que le interceptó el paso y logró derribarla y arrebatarle la misteriosa bolsa que llevaba debajo de sus harapos.

Después del asalto quedó tendida sobre la vereda cuan larga era. Los que se les acercaron se dieron cuenta que estaba riéndose a carcajadas mientras se incorporaba ágilmente como si nada.

Todos pensaron que le había dado un ataque debido al hecho pero enseguida se dieron cuenta de lo que había pasado, cuando vieron su bolsa hecha trizas con su contenido desparramado sobre la vereda.

Era un montón de recortes de diarios viejos que el viento se encargó de hacer desaparecer en pocos minutos.

Ella seguía riendo sin poder parar murmurando entre dientes, que tenía la suerte de tener todo su dinero en el banco.

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