2010/05/17

La Depresión y el Cambio




Los cambios en la vida pueden producir una depresión, pero algunas veces pueden curarla, porque nunca es tarde para cambiar.

Ruth tenía 65 años y vivía sola. Tenía una hija que vivía en Israel con su esposo e hijos, y a pesar de insistirle a su madre que se fuera a vivir con ellos, jamás estuvo dispuesta a hacerle caso.

Ruth trabajaba en un estudio jurídico unas horas y además estaba jubilada.

Reunía con esos dos ingresos el dinero justo para sobrevivir, porque además tenía que pagar el alquiler de un pequeño departamento.

Vino a la consulta porque no podía dormir de noche y a la mañana tampoco podía levantarse para ir a trabajar. Le costaba vestirse y arreglarse, apenas comía y no tenía ganas de vivir.

Esa mañana había recibido una carta de su hija que le volvía a reiterar su deseo de que viajara a Israel y donde le mandaba el pasaje, aunque sea para visitarlas.

En Israel existía en ese momento un programa de ayuda a personas mayores que querían radicarse en ese país, que incluía la asignación de una vivienda independiente,  más una pensión por edad avanzada mucho más alta de la que estaba percibiendo ahora.

A Ruth le costaba tomar la decisión, tener que iniciar una nueva vida en un país diferente, habituarse a otras costumbres, a otro idioma y a otra cultura.

Con el apoyo psicoterapéutico, pudo tomar la decisión y finalmente viajó para radicarse en ese país.

Unos meses después recibí una carta en la que me contaba sus peripecias, estaba de muy buen humor y ya no se acordaba que alguna vez había estado deprimida.

Había pasado un tiempo en un lugar de tránsito hasta que el gobierno le asignara un domicilio definitivo.

En esa circunstancia conoció a un exiliado ruso, un hombre más joven que estaba esperando la visa para viajar a Estados Unidos y vivió una aventura romántica que jamás olvidaría, porque se enamoró como una colegiala.

Ruth nunca se había enamorado. Había tenido dos maridos que habían sido dos fracasos, de los cuales se había separado al poco tiempo y se podía afirmar que no había conocido el amor.

Crió a su hija sola, decidiendo dedicarse a ella y a su trabajo y olvidarse de los hombres, dando por terminada su vida afectiva.

Sin embargo, un encuentro amoroso en un país desconocido, donde se puede llegar a vivir las experiencias de una manera diferente y liberarse de todas las inhibiciones,  hizo desaparecer su depresión como por encanto y la hizo sentir más joven y feliz, aún sabiendo que él estaba de paso esperando la visa para radicarse en los Estados Unidos.

Vivió los meses más felices de su vida, disfrutando cada día como si fuera el último, hasta que se despidieron para siempre.

Sin embargo no se deprimió, por primera vez sentía que estaba viva, que no importaba los años que tuviera, que podía creer que siempre habría alguien que la vería diferente, que la muerte estaba lejos, muy lejos porque ahora le apostaba a la vida.

Le asignaron su nueva vivienda que colmó todas sus expectativas. No podía pedir más, estaba cerca de su hija y sus nietos, tenía su propia casa, estaba percibiendo la pensión que le correspondía, mucho más alta de la que cobraba de este país y además podía atreverse a soñar.  Porque se dio cuenta que nunca es tarde para ser feliz,  para ser amada y deseada y para cumplir los sueños, porque lo imposible se puede hacer realidad siempre cuando nos abrimos al cambio y no nos negamos a enfrentarlo para seguir viviendo.

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