2010/11/11

El Hombre que no sabía decir si - Cuento



En una aldea lejana cuyo nombre no me acuerdo, vivía un hombre con su mujer en una pequeña y modesta casa desde hacía muchos años.

Era un hombre huraño, hosco y amargado, que no sabía decir que si a nada, que nunca estaba de acuerdo con ninguno y que siempre estaba dispuesto a contestar con un no rotundo a todo.

Vivía refunfuñando y maldiciendo a diestra y siniestra siempre enojado. En cambio su mujer era alegre y simpática, muy dedicada a su marido y a su casa, siempre dispuesta a decirle que si a pesar de todo.

Un día, el hombre sufrió una descompensación y como parecía algo grave, el médico decidió internarlo.

Le diagnosticaron un accidente cerebro vascular que afortunadamente fue leve, pero existía el peligro que le quedara alguna secuela.

Cuando se mejoró casi no podía articular palabra, y además no podía controlar algunos movimientos que hacía su cuerpo en forma involuntaria.

Pasó el tiempo y se mejoró pero no hablaba y le quedó un tic nervioso que lo obligaba a mover su cabeza de arriba a abajo.

La gente del pueblo nunca lo había saludado, porque él siempre caminaba con la cabeza erguida muy arrogante sin mirar a nadie, pero cuando salió por primera vez, después de su enfermedad, con el movimiento de su cabeza parecía que estaba saludando, y algunos comenzaron a responder a su supuesto saludo hasta desde lejos.

A partir de ese momento, todos cambiaron su antigua actitud hacia él, le sonreían y se interesaban por su salud, le regalaban frutas y verduras frescas de sus quintas y lo invitaban a tomar café a sus casas.

En el bar de la esquina, donde los hombres acostumbraban reunirse después del trabajo, le hacían un lugar en sus mesas y le insistían para que los acompañara a jugar a las cartas.

La vida para él había cambiado y se sentía más contento a pesar de que las secuelas que su enfermedad le había dejado le producían algunos contratiempos.

Un día, llegó al pueblo un conocido y afamado médico neurólogo, especialista en trastornos de su tipo, que al enterarse de su caso se ofreció a operarlo.

Se proponía intentar devolverle el habla y quitarle ese molesto movimiento de su cabeza balanceándose continuamente, de arriba abajo.

Como no podía contestar y al médico le pareció que estaba de acuerdo porque parecía asentir con su cabeza, procedieron a realizar la operación al poco tiempo.

Todo salió bien y el hombre no sólo recuperó el habla sino que también logró liberarse de ese molesto movimiento de su cabeza involuntario.

Una vez recuperado de su operación, volvió a salir a la calle con la cabeza erguida como acostumbraba antes y poco a poco la gente lo dejó de saludar y de invitar a sus casas, ignorándolo; y en el bar ya nadie reparaba en él ni se molestaban en acercarle una silla.

Entonces, el hombre no dudó un solo instante y comenzó voluntariamente a balancear su cabeza como lo hacía antes.

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