2011/03/10

La Adivina




Bajando por esta misma calle dos cuadras, enfrente de la peluquería para caballeros y al lado del almacén de ramos generales; apenas a una cuadra de la playa, en una casa vieja de madera de dos plantas, vivía desde hacía poco tiempo una señora que adivinaba el futuro.
Un día, por pura curiosidad fui a visitarla; para saber quién era, qué es lo que hacía y para ver qué era capaz de hacer cuando tenía un cliente.
Yo sabía que el futuro lo hacemos nosotros y que depende de lo que estamos haciendo ahora, sin embargo, me gustaba dejarme seducir por la idea de saber más sobre él, para satisfacer la necesidad humana de eliminar la incertidumbre del paso del tiempo.
Toqué el timbre y después de esperar un rato, cuando me disponía a tocar de nuevo, se abrió la puerta haciendo un ruido extraño, como si nadie la hubiera abierto en mucho tiempo.
Pude ver cómo se asomaba una mujer y miraba para ver quien estaba en la puerta del jardín esperando que le abrieran.
Me hizo señas con una mano y entré, mientras un perro negro me seguía como un gentil mayordomo a lo largo del sendero hasta la entrada.
Me hizo pasar y adentro la casa lucía mejor que afuera, más arreglada, recién pintada con muchos adornos y flores en los floreros.
La mujer era alta y desgarbada, tenía un pañuelo en la cabeza de colores, una blusa escotada y una pollera larga floreada, como las que usan las gitanas.
Se sentó frente a una mesa cuadrada y me invitó a sentarme del otro lado. Sacó de un cajón unas cartas y las distribuyó sobre la mesa con la habilidad propia de quien estaba acostumbrado.
Me preguntó qué quería saber. Le dije que deseaba conocer mi futuro y le pedí que fuera sincera porque aunque tenía miedo de saber, estaba preparada.
Después de barajar las cartas sabiamente, como quien está bien entrenado, me hizo elegir algunas; luego las fue dando vuelta una a una lentamente como para hacer más excitante el momento.
Me dijo que mi destino era el triunfo, que llegaría a alcanzar todo lo que había deseado y que además tendría la posibilidad de poder disfrutarlo.
Claro que ese buen augurio le garantizaba una buena paga, por lo que pensé que a todos los clientes les diría lo mismo, de modo que quise profundizar la consulta y le pregunté si sabía hacer otra cosa.
Me dijo que podía conectarse con los muertos y que precisamente desde que yo había entrado sentía cercana una presencia del otro mundo.
Le pregunté quién era, me dijo que era un familiar cercano, una mujer que no dio su nombre pero que había muerto un veinte de agosto hace más de cinco años.
No lo podía creer, era mi madre, que justamente había fallecido ese mismo día y año.
Le dijo que se encontraba muy bien, mucho mejor que en este mundo; que se había curado y que se veía como alguien de cuarenta años.
Era feliz, se había encontrado con todos sus familiares, todos eran jóvenes y vivían sin ningún altibajo;  lo que buscaban lo encontraban y lo que se les ocurría sucedía; los días transcurrían placenteros y todo era pacífico y perfecto. Las calles estaban limpias, no había basura, los jardines tenían el césped recién cortado y la vegetación era exuberante.
Los ómnibus tenían aire acondicionado y circulaban cerca del cordón de la vereda con todos sus pasajeros cómodamente sentados, los motores no hacían ruido y todos los choferes respetaban las señales del tránsito.
El clima no podía ser más benigno, no hacía frío ni calor y de vez en cuando llovían algunas gotas sólo para satisfacer a algunos que querían ver llover un rato.
Sólo trabajaban unos pocos, los que querían, los demás sólo paseaban y se divertían.
Por supuesto ninguno deseaba volver a este mundo de locos, porque eran inmensamente felices de poder vivir por fin en el otro mundo, el verdadero, el auténtico,eternamente.

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