2012/07/06

Imágenes Ciudadanas



Vivir en una gran ciudad puede ser una experiencia fascinante y también aterradora; porque en una ciudad pasan muchas cosas y la muchedumbre se convierte en carne de cañón al tener que enfrentar la lucha cotidiana

Nadie tiene tiempo de aburrirse, existen lugares increíbles, se puede conseguir cualquier cosa y comer a cualquier hora.

Pero las ciudades son ruidosas y llegan a ser casi caóticas y el aire a veces puede cortarse con un cuchillo de tan enrarecido por la combustión de los vehículos que circulan pesadamente a paso de hombre.

Es más rápido, económico y saludable andar en bicicleta, pero en Buenos Aires, esa buena costumbre va a tardar en instalarse porque el porteño es fiel a su automóvil, que es parte de él mismo y difícilmente lo abandone por alguna otra cosa.

Sin embargo, a pesar del bullicio, a algunos les deleita escuchar el ensordecedor ritmo de rock a todo volumen de su auto,  gustosos de poder compartir esa dudosa música con sus ocasionales vecinos de tránsito, principalmente en las esquinas donde hay semáforos.

Otros, en cambio prefieren escuchar las noticas, para animarse, y llegan a sus trabajos apesadumbrados y de mal humor después de enterarse de todas las cosas desagradables que pasan en el mundo.

También están los que amanecen con los auriculares puestos y que no se los sacan ni para bañarse.  Son los que hablan por teléfono sin manos cuando manejan y cierran las ventanillas del auto para escuchar mejor, arriesgándose a no oír la sirena de una ambulancia o de los bomberos o la bocina de alguien que intenta inútilmente salvarlos.

La ciudad es una jungla de asfalto donde hay depredadores que atacan y víctimas que se defienden como pueden.

Sin embargo, a pesar de todo, una ciudad tiene su encanto.  Tomar un cafecito en la confitería de una esquina mientras leemos el diario, sentarse en el banco de una plaza a tomar sol o a comer un sandwich al mediodía, encontrarnos con amigos, ver una película en un cine mientras masticamos pochoclo, comprarnos algo con la tarjeta de crédito aunque sea fin de mes en el shopping, ver vidrieras, leer libros en esas librerías donde también se puede tomar algo,  para luego irnos disimuladamente sin comprar nada.

Las grandes ciudades son sucias porque es tierra de nadie.  La gente no puede evitar tirar basura en cualquier parte, aunque haya recipientes de residuos, es la libertad que se toman los que se sienten reprimidos en sus casas, o los que no tienen basureros y tiran su basura por la ventana.

El tema de la basura es urticante, la gente se la quiere sacar de encima a toda costa al punto de no tolerar las bolsas llenas ni siquiera en la puerta de sus casas a la espera del camión recolector de residuos.  Quieren sus veredas limpias, por eso llevan sus bolsas de residuos a la esquina.

Es así como se acumula una montaña de basura que no es de nadie, para que cualquiera pueda hurgar en ellas y desparramar su contenido, y las ratas se puedan hacer un festín después de medianoche.

Pero el espectáculo obligado que conmueve a todos es el que dan los sin techo, la gemte desheredada que se adueña de las veredas de las ciudades, resguardándose debajo de los balcones de las casas.

Es admirable la capacidad de adaptación del hombre que vive en las calles sin que nada pueda desalentarlo, ni la impiadosa lluvia, ni el frío del más crudo invierno por las noches.

Así como la gente de las ciudades puede a veces parecernos desalmada y violenta,  también puede ser solidaria con los indigentes, tal vez más solidaria y generosa que cualquiera de sus parientes.

En pocas horas, alguien que aparece dormido en un umbral, consigue, sin pedir nada,  un colchón, una almohada y también una frazada; y algunos mendigos ni siquiera necesitan pedir limosna porque hay personas que  les llevan todo lo que necesitan y la comida al mediodía y a la noche.

¿Será porque la gente que vive cómoda en sus departamentos con calefacción, no puede dormir pensando en ellos, que aunque llueva o truene se pasan todo el día  a la intemperie?

En todos los países, aún en los más desarrollados, hay gente que duerme en la calle, muchos son enfermos mentales que han huido de sus casas, porque es probable que sus propios familiares les hayan abierto las puertas para que se vayan.

Quizás sea el espectáculo que tengamos que ver todos los días,  para tomar conciencia del privilegio de tener un lugar para vivir y de lo felices que somos.

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