2013/03/07

El Hombre Ideal (Cuento para pensar)



Eligió la misma mesa del Café donde iba todos los días, la que parecía estar reservada para ella junto a la ventana que daba frente al Jardín Botánico.

La Avenida Santa Fe hervía de gente que circulaba apurada bajo el tardío sol de un verano que parecía no querer extinguirse.

La proximidad del otoño la remitía a su propio tránsito por ese período de la vida y se sintió melancólica y desanimada.

Otro domingo sola, pensó mientras miraba distraída la gente pasar. Sin embargo, de pronto, una luz interior la iluminó y tomó la decisión de que ese día sería diferente.

Tenía 48 años, pero aún conservaba un aire de fresca juventud y una buena figura. ¿Por qué pensar en finales y no en comienzos? Después de todo, estaba convencida que en la vida no importaba la edad, y que siempre se puede volver a empezar.

Salió a la calle y comenzó a caminar de una manera desafiante, que anticipaba su nueva actitud, renunciando a escuchar su acostumbrado diálogo interno, obsesionado por el aparente olvido y la supuesta indiferencia de los hijos.

Curiosamente le pareció que todo eso ya no le importaba demasiado, que estaba harta de los problemas de los demás y que necesitaba respirar otra atmósfera;  y este sorpresivo desprendimiento emocional le permitió dejarlos a ellos libres y ganar por primera vez su propia libertad.

Tan concentrada estaba en sus propios pensamientos que comenzó a cruzar la calle sin reparar en el color del semáforo, hasta que un fuerte empujón la hizo caer, pero que evitó que la atropellara un auto.

Casi sin darse cuenta de lo que había pasado, sintió que la misma persona la ayudaba a incorporarse y la acompañaba hasta la vereda.

Se sentaron en un banco de mármol. El golpe la había mareado y se sentía aturdida, pero poco a poco se fue sintiendo mejor y recién entonces pudo reparar en quien la había ayudado.

- Casi no cuenta el cuento - le dijo él con una sonrisa;

- No sé qué me pasó - le contestó ella aún confundida;

- Tuve que empujarla porque el taxi casi la atropella;

Era un hombre todavía joven que parecía tener algo más de cincuenta años.  Alto, delgado y de cabello oscuro, vestía ropas deportivas de buena calidad e irradiaba una fragancia suave muy masculina.

Se quedaron conversando animadamente, largo rato; y luego él la invitó a almorzar.

Durante el almuerzo se contaron sus vidas. Él era ingeniero, soltero, huérfano, sin historias molestas y sin hijos y trabajaba en una compañía electrónica. Le gustaba viajar y conocer el mundo. Estaba aprendiendo a bailar tango y salsa, le encantaba el cine y el teatro y su pasatiempo favorito era leer ensayos. Vivía solo, en su propio departamento cerca de su casa.

Después de almorzar, se despidieron, no sin antes arreglar una nueva cita para la noche.

Por fin, parecía haber encontrado al hombre de su vida, sin compromisos, con un trabajo, que vivía solo, que le gustaba viajar, bailar, ir al cine y al teatro y que le agradaba hablar de temas interesantes.

Salieron esa noche, la siguiente y muchas más. Recorrieron la ciudad, vieron las últimas películas, varias obras de teatro, cenaron en los mejores restaurantes, bailaron tango y salsa y se quedaban largas horas conversando. 

A ella le sorprendía que a él no le interesaran ni el futbol ni la televisión, ni siquiera para hacer zapping; y que además sólo le gustaran las mujeres; porque cuando llegó el momento de la intimidad, resultó ser el hombre más tierno, considerado, comprensivo, amoroso y mejor dotado que había conocido.

Sin embargo, ante tanta perfección, ella no podía evitar preguntarse cuál sería su defecto.

Hasta que un fatal día, mientras caminaban juntos tomados de la mano, él cayó al suelo como fulminado por un rayo. Su rostro tenía un aspecto cadavérico, no tenía pulso y sus ojos permanecían muy abiertos.

La ambulancia llegó en pocos minutos y como los médicos no pudieron reanimarlo, lo trasladaron al hospital más próximo.

Ella lo acompañó y se quedó en la sala de espera mientras en la guardia lo examinaban. Pero esperó poco tiempo, porque enseguida salió un médico que se le acercó para tranquilizarla. 

No había sido nada grave, lo que había ocurrido era que a ese antiguo modelo de robótica se le habían agotado las baterías.



Malena



El ideal de hombre para una mujer, no existe; como tampoco existe el ideal de mujer para un hombre; sólo existen hombres y mujeres reales, con sus virtudes y sus defectos, pero únicos e irrepetibles, y que no haya dos iguales, la mayoría de las veces, es una suerte.

1 comentario:

  1. ¡Já, ja, ja, ja! :) ¡Nadie es perfecto!
    Decía un escritor, Hermann Hesse, que "las personas que nos creemos perfectas es porque no nos exigimos lo suficiente a nosotros mismos".

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