2014/06/27

El arte de elegir


Jean Paul Sartre decía que estamos condenados a elegir, porque aunque no lo hagamos también estamos eligiendo y en ese caso elegimos no elegir.

Esa es la verdadera tragedia del hombre, porque su vida será el resultado de sus elecciones.

Desde que despertamos por la mañana tenemos que tomar decisiones, algunas poco importantes y otras más relevantes; en forma automática o apenas consciente; pero en última instancia, es nuestra personalidad el hilo conductor que imprime el carácter de todo lo que elegimos y que en gran parte moldea el curso de nuestras vidas.

Decidir no siempre es un acto espontáneo guiado por un impulso, por lo general es un proceso que implica el reconocimiento de la existencia de un problema o un conflicto, que es el que nos obliga a tomar una decisión.

Si tenemos bien claro el problema, más fácil será la elección porque en el problema se encuentra implícita la solución.

Decidir es difícil porque nos obliga a elegir una alternativa y renunciar a la otra opción, que es la que tiene que ser descartada aunque también nos atraiga.

La toma de decisión representa un permanente desafío con uno mismo, porque si se trata de una elección moral nos obliga a cuestionarnos nuestros principios y valores, a ser fieles con nosotros mismos, a estar seguros de nuestras propias convicciones, a reformularnos nuestros deseos y nuestros objetivos y a comprometernos con una actitud hacia la vida, hacia las personas y hacia las cosas, todo lo cual irá forjando nuestro destino.

Para poder elegir con sabiduría no hay que dejarse llevar por un impulso, sino no perder de vista los objetivos. Sin embargo, aún cuando contemos con los mejores recursos, conozcamos bien nuestras preferencias, sepamos utilizar con inteligencia nuestro juicio y nuestro entorno nos favorezca, siempre deberemos enfrentar algún riesgo y tolerar la incertidumbre.

Somos seres libres para elegir la mejor opción para nosotros mismos pero no somos libres de las responsabilidades que decidimos asumir, por eso, tomar una decisión nos compromete para siempre.

Cada persona decide en función de su forma de ver el mundo y del modo que percibe una situación determinada, que representa una manera única y personal de ver la realidad, una perspectiva, un solo aspecto de ella.

A todos les cuesta decidir porque es en el momento de la decisión cuando nos damos cuenta de que no somos omnipotentes.

Para tomar una decisión racional es necesario evaluar las consecuencias, o sea tener en cuenta el impacto que pueden tener en nuestro futuro próximo y en las personas significativas para nosotros.

Las decisiones emocionales están guiadas por experiencias pasadas y no sirven para resolver problemas nuevos sino para repetir historias.

En toda decisión existen aspectos que están fuera de control y cosas que no conocemos o que no comprendemos; y la tendencia es guiarse por experiencias previas que fueron útiles en el pasado, principalmente con el propósito de eludir la incertidumbre que representa una respuesta nueva.

Una decisión correcta exige cierta dosis de audacia para salir de los condicionamientos y cierta prudencia que no llegue a ser demasiado conservadora.

Las decisiones nos obligan a aceptar que la seguridad no existe, que nuestras certezas son utópicas y que la vida se caracteriza por ser ambigua, incierta e insegura.

El pensamiento creativo es el que nos permite salir de los patrones aprendidos y atrevernos a descubrir lo nuevo más allá de lo conocido, rompiendo estructuras, ampliando la perspectiva y abriéndonos la mente a, por lo menos, cuatro enfoques distintos.

Malena.

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