2015/05/20

Cuento para pensar-El hombre del diente de oro - Psicología Malena Lede




Caminaba distraídamente por la calle Florida y de vez en cuando me detenía frente a algún negocio para ver qué tenían.



Como hubiera pensado el filósofo griego Diógenes estando en mi lugar, me decía a mi misma mientras miraba las vidrieras: ¡cuántas cosas que no necesito!

Diógenes de Sínope, que vivió entre los años cuatrocientos y trescientos antes de Cristo, era un mendigo tan austero que vivía en un tonel y hasta llegó a desprenderse de lo único que tenía, un cuenco para tomar agua, para dárselo a otro mendigo que tenía menos que él.

Como les decía, estando yo disfrutando de ese día, vi en una esquina, apoyado en el tronco de un árbol, a un hombre que me impresionó. Vestido de negro, con un sombrero antiguo que cubría a duras penas su larga melena grasienta, a la usanza de los malevos de principios del novecientos, parecía un maniquí..

Tenía una cara siniestra con oscuras ojeras y profundas arrugas en las mejillas y miraba hacia abajo como queriendo ocultar inútilmente sus ojos esquivos debajo del ala del sombrero.

Era flaco como una calavera, se le podían ver los huesos de la cara de lejos, tenía unos pantalones bombilla que acentuaban su extrema delgadez y un lustroso saco con el cuello de raso negro también muy antiguo que hacía juego. Me hacía acordar a un dibujo de Molina Campos que ví alguna vez, hace ya mucho tiempo, en un almanaque viejo.

Como todo hombre alto, lucía encorvado como si no pudiera aguantar el peso de sus hombros huesudos; les puedo asegurar que su imagen no parecía real sino la caricatura de cartón de una publicidad.

Nadie reparaba en él aunque pasaran a su lado; era como si ya todos lo conocieran y formara parte del paisaje cotidiano.

Me acerqué a una vidriera que estaba frente a él para poder verlo mejor reflejado en el vidrio. Estaba siempre en la misma posición como si estuviera clavado en ese sitio.

De no ser por el cigarrillo que estaba fumando que hacía que saliera de vez en cuando humo por su nariz, hubiera pensado que se trataba de una estatua.

Recorrí toda la vidriera de ese negocio de punta a punta sin sacarle a él la vista de encima, y me estremecí cuando me sonrió con una mueca macabra, que dejó al descubierto un diente de oro que sobresalía de su despareja y amarillenta dentadura.  Algo que no veía desde hace años en ninguna persona, salvo en alguna película de piratas

Sin duda era un hombre muy extraño. Me pregunté quién sería y de dónde vendría. Tal vez era un turista, o un actor de algún teatro en un momento de descanso que había salido a fumar un cigarro.

No pudiendo satisfacer del todo mi curiosidad, me rendí y seguí caminando. Pasé a su lado con miedo y sin mirarlo; y muy pronto lo perdí de vista.

Tomé el subte y llegué a casa. No podía olvidar la imagen de ese hombre tan peculiar que parecía que sólo yo había visto.

Ni bien llegué, prendí la computadora y busqué en internet imágenes de hombres peculiares como él, y con asombro, encontré la figura de alguien que era su vivo retrato.

Se trataba del dibujo de un personaje de un cuento de Borges, aquel que se había entreverado en una pelea y que había sido asesinado a cuchilladas en una trifulca entre guapos, cerca de la antigua pulpería que existía en esos tiempos en una esquina, al borde del Arroyo Maldonado.

Entonces ¿quién era la persona que había visto? ¿fue una alucinación, una argucia publicitaria, un artista de circo o un personaje que se escapó del escenario? Seguramente nunca lo llegaré a saber, tal vez tuve la visión de una idea de Borges, porque sus personajes no eran seres de carne y hueso, eran seres surgidos de la mente brillante de este admirable escritor que nunca frecuentaba los lugares que tan bien imaginó.
Malena

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