2016/08/10

La Vida Eterna - Psicología Malena Lede




“La Vida Eterna” es el título del último libro del filósofo, novelista, autor dramático y escritor español, repetidamente premiado, Fernando Savater, sobre la creencia en la inmortalidad.

Según este autor, como los seres humanos no pueden aceptar morir para siempre, se aferran a las creencias sobre la inmortalidad del alma, siguiendo el dogma de cualquier religión, u otra forma de trascendencia terrena que les permita perdurar en la memoria colectiva, destacándose de algún modo entre la mayoría. De modo que según su criterio,  toda creencia en la inmortalidad es fruto del miedo a la propia finitud.

Esto, entre otras cosas,  es lo que intenta transmitir Savater en este libro, en el que,  coherente con su posición, pretende probar que cualquier creencia externa es ilusoria,  como la vida eterna que nos promete la Iglesia, que sólo existe la ética y que el único conocimiento verdadero es el científico.

Me pregunto, ¿por qué quitarle a otro su fe en algo trascendente?  ¿Porque la verdad está solamente en la razón? Después de todo no podemos probar que Dios existe ni tampoco que no existe.

Además, me permito señalar que en la ciencia no hay certezas sino probabilidades y que jamás podría haber existido sin la intuición de los hombres que hizo posible que se adelantaran a los acontecimientos y descubrieran tantas maravillas.

No habría aviones porque ¿quién, fuera de quienes se atrevieron a creer en sus propias intuiciones,  hubiera podido creer siglos atrás que era posible mantener en el aire un aparato con más de quinientas personas a bordo con sus respectivos equipajes y cruzar el Atlántico? ; ¿quién hubiera podido pensar, con excepción de los genios que creyeron en sí mismos,  que era posible ver en directo imágenes en vivo desde cualquier lugar, incluso desde el otro lado del mundo? y tantas cosas más que para nosotros hoy en día nos resultan cotidianas.

Si el hombre no hubiera creído en sus intuiciones y en sus visiones, no tendríamos luz eléctrica, ni teléfonos, ni automóviles; no existirían las computadoras, ni los viajes en el espacio; nada de lo que conocemos y que hoy en día nos parece natural sería posible, tampoco habría ciencia  y estaríamos todavía viviendo en las cavernas.

La religión comenzó siendo la intuición de los profetas que pudieron intuir lo trascendente y darse cuenta de la importancia que tiene en la vida del hombre hacer lo correcto y por qué no después de muerto.

No sabemos qué es la eternidad porque somos seres de tiempo, tal vez sea experimentar para siempre nuestro último pensamiento.

La Iglesia Católica nos dice que la fe es un don, para mi, es la capacidad de ver más allá de los sentidos, o sea ser capaces de creer en nuestra intuiciones más profundas.

Todos sabemos que no todos son capaces de escuchar la voz de la  conciencia ni de manejarse con ética, que el hombre nace pre programado para aprender de otras generaciones y que necesita que lo ayuden a despertar su conciencia.

Pero no todos nacen en hogares funcionales ni tienen las mismas oportunidades, por eso, sin educación y sin religión cada día hay menos hombres y más bestias.

La vida actual no parece un premio, más bien se parece a un infierno y la muerte, lejos de espantarnos o impulsarnos a negociar con Dios la entrada al Paraíso, ya no nos asusta, porque nos promete al menos un descanso eterno.

¿Qué nos espera y qué sería de nosotros si viviéramos eternamente, aún siendo sanos y activos en un mundo cada día más caótico y sin valores?  Vivir solitarios, leer todos los libros que se escriban, comunicarnos por teléfono, ver televisión siempre lo mismo, practicar todos los oficios y después de todo eso volvernos locos.

Afortunadamente no podemos ser inmortales en un mundo hecho de tiempo donde todo comienza y termina algún día y donde la vida se reproduce y donde todo envejece y muere.

Pienso lo mismo que Borges;  cuando le preguntaron los periodistas qué pensaba de la muerte,  “Por fin algo nuevo”.

Malena Lede - Psicóloga

2 comentarios:

  1. No entenderé esa manía por empeñarse en desmantelar las creencias de los demás - siempre, claro está, que estas no hagan daño a nadie. Llevo años ya angustiada con esta idea de no saber si hay algo y cada vez que experimento la muerte de alguien cercano me lleno de un vacío existencial terrible. No llego a ver la muerte como una bendición ni como ese "Por fin algo nuevo". Sé que esto pueden considerarse pensamientos infantiles pero sí que me gustaría vivir aquí, para siempre, rodeada de todos mis seres queridos, que mi Princesse - que tuvimos que eutanasiar hace menos de dos días - siguiera aquí, sana, por siempre. Si la fe es la capacidad de ver más allá de los sentidos ¿por qué se nos niega a algunas, incluso cuando buscamos por todas partes? ¿Es cuestión, simplemente, de dar un salto de fe? ¿De parar de cuestionar todo? ¿Cómo se hace? Un beso y gracias por tu entrada.

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  2. Hola Margarita Carretero González,
    La vida y la muerte son como las dos caras de la misma moneda, porque no hay vida sin muerte. Por qué tiene que ser algo malo y la vida no puede tener un propósito evolutivo más allá de la muerte como todo en la naturaleza?
    Para poder enfrentar la muerte con más coraje lo mejor es tener la conciencia tranquila, ser buena persona, no hacer mal a nadie, regocijarse con la felicidad ajena y luego aprender a rezar para lograr conectarse con la totalidad de la cual formamos parte.
    Nadie tiene una fe ciega, ni siquiera los santos la tenían, pero tenemos que elegir creer o no creer, porque no existen pruebas para el que cree ni tampoco para el que no cree y yo elijo creer.
    La ciencia apenas está en sus comienzos pero ya se ha descubierto que existen otras dimensiones y otros universos que podrían ser no necesariamente materiales como nosotros.
    La muerte es el misterio de los misterios, pero yo me atrevo a creer que el que cree vivirá eternamente de algún modo y el que no cree no, porque somos lo que creemos y la fe puede hacer posible lo que parece imposible.
    Gracias por leer y comentar, saludos, malena



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