2017/05/02

Duelo anticipatorio y duelo por la pérdida - Psicología Malena Lede




Cuando una persona próxima que amamos está sufriendo una enfermedad grave, con la posibilidad concreta de su desaparición física, podemos experimentar un duelo anticipatorio privado, a veces  más profundo que el sentiremos después de la pérdida.

La muerte es el fin del sufrimiento para el moribundo y para sus allegados,  pero la agonía puede ser más cruel y dolorosa tanto para el que yace en su lecho de muerte como para sus familiares cercanos.

Experimentar el duelo anticipatorio puede facilitar el proceso de duelo por la pérdida, pero también puede ser un doble duelo que no termina nunca de aceptarse.

Cuando falleció mi padre, después de haber padecido Esclerosis Lateral Amiotrófica durante varios años, con todo lo que eso significa, mi madre, mis hermanas y yo ya lo habíamos llorado en vida durante mucho tiempo.  Sin embargo, la aceptación del proceso de duelo fue difícil porque cada experiencia de pérdida renovaba el dolor de esa pérdida.

Su muerte fue el fin de su calvario, pero su desaparición física nos dejó un sabor amargo y la rebeldía de no poder aceptar por mucho tiempo el hecho inevitable de verlo perder día a día todas sus fuerzas.

Las cinco etapas del duelo, que son 1) la negación, 2) la ira, 3) la negociación, 4) la depresión y 5) la aceptación, son vividas en forma personal, porque no existe un patrón similar en todos los casos, cada uno pasa por esas etapas a su manera.

La negación no significa auto engañarse sobre la realidad de una enfermedad terminal o de la muerte sino la imposibilidad de creer que esa persona ya no va a estar más con nosotros y que jamás la volveremos a ver.

La ira es un enfado generalizado, contra uno mismo por no haber hecho lo suficiente, contra los médicos que no pudieron hacer lo imposible, contra la adversidad que nos pone en esa situación dolorosa o contra Dios que a pesar de nuestros ruegos no quiso salvarlo.  Sin embargo, la ira es parte del proceso curativo.

La negociación es el empeño en retroceder en el tiempo y hacer las cosas diferentes para evitar que ocurra lo inevitable. Jurar cambiar,  hacer cualquier cosa para no sentir el dolor de la pérdida.

A la negociación le sigue la depresión, cuando el duelo alcanza su nivel más profundo.  Es la respuesta natural y normal a la pérdida; una sensación de vacío que parece que nunca terminará, la pérdida del sentido de la existencia, la dificultad para levantarse, para vestirse, para comer, para salir, para seguir viviendo.  Se pierde el interés en todo y ya nada puede atraer.

Esto es normal, lo anormal sería hacer como si nada pasara o tomar antidepresivos para no sufrir.
En estos días, la moda o el miedo a la muerte, tratan de evitar el proceso de duelo. De pronto desaparece una persona y nadie se entera en el barrio porque no se realiza velatorio y sólo acompañan al féretro hacia su destino final los más próximos.

La gente así, desaparece sin dejar rastros, y ante la incógnita nadie piensa que pudo haber muerto, más bien quieren creer que se ha mudado,  o que se ha ido de viaje por largo tiempo.

La aceptación no significa que estamos felices de que esa persona se haya muerto sino que aceptamos que su desaparición física es para siempre. 

Es entonces cuando podemos comenzar a disfrutar de la vida y a vivir de nuevo; y aunque el ser querido será siempre irremplazable podremos establecer nuevas relaciones otra vez, siempre y cuando le hayamos dedicado al proceso de duelo el tiempo necesario.

Malena Lede – Psicóloga

Fuente: “Sobre el duelo y el dolor”; Elisabeth Kübler-Ross; David Kessler. 

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