2015/08/24

Por qué existe la guerra - Psicología Malena Lede




Con motivo de la invitación que le hace Einstein a Freud para cambiar ideas sobre el por qué de la guerra; éste le responde con una carta, en la cual le expresa lo que piensa sobre este tema.

Freud comienza relacionando el derecho con el poder y le dice a Einstein que desde los orígenes de la humanidad los problemas de intereses entre los individuos se resuelven con el uso de la fuerza.

Así sucede con los animales, entre los cuales también están los hombres, cuyos conflictos incluyen también la diferencia de opiniones.

En la horda primitiva, el dominio estaba en manos de la fuerza bruta, luego, con la adopción de las armas, la superioridad intelectual es la que domina.

De alguna manera la evolución hizo que el uso de la fuerza se fuera modificando gradualmente hacia el derecho, cuando el hombre se dio cuenta que la unión de los más débiles podía vencer la fuerza más poderosa de un solo individuo.

El derecho entonces es la fuerza de una comunidad, en la que se impone la fuerza de un grupo de individuos con los mismos intereses, unidos por sentimientos gregarios.

Aunque esta solución sólo es teórica, ya que en la práctica una sociedad está formada por miembros de distinto poderío y también por vencedores y vencidos; inclusive en una comunidad no se puede evitar muchas veces la violencia para solucionar los conflictos.

Sólo sería posible evitar las guerras si los hombres se pusieran de acuerdo en establecer un poder central, el cual tendría a su cargo la solución de todos los conflictos. Pero es difícil que éste llegue a existir alguna vez ya que todos los intentos hasta ahora fracasaron.

Una sociedad se mantiene unida por el uso de la violencia y por los lazos afectivos, o sea que a pesar de la evolución, el derecho aún no puede reemplazar del todo a la fuerza bruta.

Existe en el hombre un instinto de odio y destrucción, de modo que es fácil llevar a los hombres a la guerra.

El Psicoanálisis reconoce en el hombre dos instintos básicos, uno que tiende a unir, que denomina eróticos platónicos, de amor, que es más amplio que la sexualidad y que se puede llamar instinto de vida; y un instinto que tiende a destruir o matar, a agredir o destruir, de agresión o de destrucción, de odio; que podemos denominar instinto de muerte.

Ambos instintos son imprescindibles para la vida y necesariamente tienen que estar ligados

Este instinto de destrucción, que existe en todos los individuos, no se pueden eliminar pero si puede ser desviado hacia fines que no sean enfrentamientos bélicos.

La comunidad ideal sería aquella cuyos hombres pudieran subordinar su vida instintiva a la razón y la reflexión y esto es sin lugar a dudas, algo bastante utópico.

Somos pacifistas debido a la evolución cultural, que nos ha dado lo mejor pero que también es la causa de buena parte de nuestros sufrimientos.

Esta evolución inhibe la función sexual, en muchos sentidos, en las culturas elevadas mientras los estratos sociales más bajos, que no tienen inhibiciones, se reproducen más rápido.

Puede que esto lleve a la desaparición de la especie humana ya que probablemente este proceso traiga consigo modificaciones orgánicas.

Los cambios psíquicos de la evolución cultural son innegables, al reemplazar los fines instintivos por fines culturales; hasta el punto de resultarnos desagradables las sensaciones de placer de las prácticas sexuales de nuestros antepasados.

El intelecto se ha fortalecido y comienza a dominar a la vida instintiva y las tendencias agresivas se interiorizan con consecuencias positivas pero también peligrosas.

Por esta razón somos pacifistas, porque las atrocidades de la guerra nos producen una aversión constitucional que ofende tanto nuestra estética como nuestra sensibilidad emocional.

¿Cuántos siglos tendrán que pasar para que todos los demás lleguen a sentir lo mismo? Tal vez, tanto el avance cultural como el temor a las consecuencias catastróficas que podrían tener ahora las guerras, terminen con ellas en un futuro no demasiado lejano.

No sabemos aún cómo se logrará este propósito pero si se puede afirmar que todo lo que lleve a una mayor evolución cultural, puede contribuir a hacer menos probable una guerra.

Malena
Fuente: “Obras Completas de Sigmund Freud”; Tomo III; “El por qué de la guerra”; 1932. (Carta a Einstein en contestación de su pregunta: ¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra?.

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