2015/09/02

Independencia y Autonomía Personal - Psicología Malena Lede




La dependencia absoluta de un recién nacido se va convirtiendo gradualmente, a través de su desarrollo, en dependencia relativa y finalmente en independencia.

La madurez es casi sinónimo de salud mental, o sea cuando la persona adulta se puede identificar con la sociedad en que vive sin grandes dificultades, se convierte en un ser social, asume responsabilidades y puede satisfacer sus necesidades personales.

La independencia nunca es absoluta porque heredamos ciertas condiciones sociales que tenemos que aceptar o modificar si es necesario; por lo tanto, el individuo sano tiene forzosamente que relacionarse con su ambiente y ser ambos interdependientes.

El niño, cuando nace, necesita disponer de un medio facilitador que le permita desplegar sus capacidades heredadas para que su proceso de maduración no quede bloqueado. En ese momento, tanto él como su madre se encuentran en un estado dependiente y vulnerable, por ello, el apoyo del padre les puede brindar la seguridad que ambos necesitan.

El rol de la madre o del padre u otra persona como sustitutos durante los dos primeros años del bebé, son cruciales para su desarrollo y adaptación normal.

La falta de adaptación puede provocar en el infante una reacción que luego puede persistir frente a toda situación nueva y convertirse en una seria interferencia en el logro de una unidad integrada.

Por lo general, la evolución del niño se corresponde exactamente con la recuperación de la independencia de la madre que irá dejando de cumplir gradualmente sus expectativas, lo que le permitirá a su hijo entrar en la etapa de la independencia relativa, aprender a postergar la satisfacción de sus necesidades y a manifestar su agresividad, lo que evitará en el futuro la dificultad para unir la agresión con el amor.

Una madre y un padre perfectos no existen y tampoco es lo deseable; porque lo que realmente necesita un niño para su desarrollo normal es el cuidado y la atención de alguien que siga siendo la misma persona, o sea que vaya siguiendo con su vida en función a su propio desarrollo y al crecimiento del niño, de manera que el infante comience a darse cuenta que tiene que aprender a prescindir paulatinamente de su cuidadora, hasta llegar a la etapa en que ya ha podido desarrollar nuevas armas como para enfrentar las pérdidas y arriesgarse a actuar solo.

Gradualmente el niño va ganando autonomía como para enfrentar el mundo y sus dificultades y puede identificarse con la sociedad en todos los círculos que tiene que frecuentar.

Pocas veces los individuos llegan a una maduración completa; sin embargo si han podido asumir la responsabilidad de insertarse en el mundo productivo, si han logrado una identidad personal mediante la combinación entre la identificación con sus progenitores y sus tendencias singulares y si eventualmente han podido relacionarse afectivamente con una pareja, se puede considerar que han logrado ingresar a la vida adulta.

Malena
Fuent: “Los procesos de maduración y el ambiente facilitador”; Donald W. Winnicott.

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