2009/08/14

Vidas y Vueltas - Capítulo I - Una familia tipo



Martha Murphy sentía que su vida estaba atravesando un punto de inflexión que podía convertirse en un nuevo comienzo o en un obstáculo para su matrimonio.

Se había casado hacía diez años y ya tenía dos hijos. Su marido era Julio Kelly, un contador que trabajaba en una empresa multinacional desde que se había recibido y que había ido escalando posiciones hasta llegar a ocupar un cargo jerárquico.

Ella también tenía un trabajo con buenas perspectivas en una importante compañía de seguros, que a pesar de los avatares económicos, parecía seguir creciendo y que le había dado la oportunidad de acceder a un cargo de responsabilidad.

Se habían comprado una casa en las afueras y todavía estaban pagando la hipoteca cuando ocurrió lo imprevisto. Julio recibió una propuesta de trabajo en México con excelente remuneración y óptimas condiciones.

Martha recibió la noticia con calma, porque una parte de ella se sentía agotada y sin fuerzas para continuar cumpliendo eficazmente con su trabajo y al mismo tiempo atendiendo las necesidades de su casa y sus hijos.

Había tenido la suerte de conseguir una mujer eficiente y afable, dispuesta a reemplazarla durante las horas que le demandaba su trabajo, que eran muchas, por una módica retribución que ellos podían pagar, pero llegaba rendida todos los días a su casa sin ánimo de disfrutar de sus hijos, pensando solamente en comer algo e irse a dormir.

Sentía que no estaba viviendo una buena calidad de vida y que estaba demasiado desanimada y cansada, tal vez esta era la oportunidad pare rendirse y empezar de nuevo.

Le gustaba su trabajo pero esa actividad no había sido su verdadera vocación. A ella siempre le había gustado la docencia pero no quiso seguir esa carrera porque en el momento en que se recibió las posibilidades de trabajo eran nulas.

Además, no le gustaba el ambiente docente, ni los métodos perimidos de la educación escolar, ni la reducida remuneración para una actividad que demandaba mucha entrega y que concentraba solo a mujeres, obligándolas a ajustarse a reglas arcaicas difíciles de seguir.

Por eso siguió la licenciatura en Administración de Empresas sin mucha convicción pero con la casi certeza de estar haciendo lo que para ella consideraba más correcto.

Desde su perspectiva su vida no había sido fácil. Pertenecía a una familia de inmigrantes irlandeses que se había radicado en el país a principios del siglo pasado.

Sus abuelos se habían radicado en Comodoro Rivadavia, habían tenido tres hijos varones y uno de ellos había sido su padre.

Su madre también descendía de irlandeses y se había criado en Río Gallegos.

Cuando sus padres se casaron se fueron a vivir a Buenos Aires; ella con su título de maestra bajo el brazo y él con un contrato de trabajo como vendedor y muchas ilusiones.

La madre de Marta no ejerció nunca como maestra porque quedó embarazada de su primogénito, Raúl, ni bien llegó a Buenos Aires.

Cuando nació Marta, las cosas seguían más o menos igual y las posibilidades de su padre de mejorar sus ingresos se fueron diluyendo con los años. De haber sido un hombre lleno de vida y entusiasmo, de carácter bondadoso y afable, terminó siendo un hombre frustrado y vencido, sin valor para intentar algo nuevo y sólo preocupándose para subsistir.

No tuvieron más hijos, y aunque no sobraba el dinero, la vida parecía fácil y podían disfrutar de algunos lujos que para otros en esa época eran imposibles.

Pero la relación de sus padres comenzó a resquebrajarse, su madre, muy posesiva y sin desarrollo personal, se convirtió con los años en una mujer malhumorada y agresiva, mientras su padre sobrellevaba la carga de las discusiones con gran estoicismo.

Las personas eluden situaciones insostenibles con los recursos que tienen, algunos se atreven a enfrentar los problemas, a otros sólo se les ocurre patear el tablero y empezar una nueva vida aunque dejen atrás un tendal de seres infelices y otros, quién sabe por qué, se enferman.

Antes de cumplir sus quince años, el padre de Martha se enfermó; su enfermedad lo convirtió en poco más de tres años en un inválido, viéndose en la obligación de renunciar a su trabajo y comenzar los trámites para jubilarse por invalidez.

La situación se volvió caótica y la madre de Martha, que nunca había trabajado, gracias a unos conocidos que conocían sus circunstancias, consiguió un empleo en un ministerio.

Fueron tiempos difíciles, pero los dos hermanos pudieron terminar el colegio secundario y enseguida comenzar a trabajar.

Cuando murió su padre, después de cinco años de padecer su larga enfermedad, ese mismo día, como una burla trágica, recibió la orden para cobrar la jubilación; que no pudo cumplir porque ya estaba muerto.

Martha tenía 19 años y su hermano 22, el dolor de la pérdida los acompañó muchos años, hasta que lograron cada uno a su tiempo aceptar lo inevitable, que no obstante, dejó siempre en ellos una huella indeleble.

Los dos se costearon la Universidad trabajando medio tiempo, y aunque les demandó más tiempo que el usual, Raúl se recibió de abogado y Martha de Licenciada en Administración.

Raúl se casó ni bien consiguió el título y un buen trabajo y Martha se quedó con su madre con la que no podía lograr una buena relación.

Tal vez ambas se parecían demasiado, pero lo cierto es que Martha no la podía tolerar.

En esos tiempos todas las mujeres se casaban, de modo que Martha también se casó. Fue el mejor modo que concibió para huir de su casa.


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