Cuándo hay que respetar las leyes y cuándo no


Las leyes en general hay que respetarlas porque la humanidad es imperfecta y porque siempre habrá gente capaz de convertirse en un peligro para otros y para el orden de la sociedad en que viven.

Aunque existen en todo el mundo leyes estrictas que la mayoría conoce en parte, los seres humanos siguen dando rienda suelta a sus pasiones y se abandonan a sus impulsos, dañando a los demás sin importarles demasiado las consecuencias de sus actos.

Por eso, es ilusorio pretender vivir sin reglas ni confiar en el supuesto de los anarquistas que defienden el lema de que los hombres son buenos por naturaleza, porque es evidente que la realidad está afirmando otra cosa o por lo menos que los individuos aún no han logrado elevarse de sus instintos hasta el punto de controlar todas sus pasiones.

Si no hubiera leyes se impondría la ley del más fuerte y los débiles vivirían sometidos por la fuerza.

¿Por qué delinque la gente? En primer lugar por dinero, para apropiarse de los bienes de otros y si no hubiera leyes, el que ha tomado lo que no le pertenece tendrá que enfrentar su venganza por medio de la violencia.

La venganza es otra manera de delinquir, la necesidad de hacer justicia por propia mano cuando fracasa el sistema judicial; y los celos son otro de los motivos más comunes para matar.

La venganza es el triste estigma que caracteriza a los humanos, que los hace retroceder a un nivel primitivo, mucho más cruel que la conducta de los animales que sólo matan por necesidades de supervivencia y no conocen la venganza.

En realidad, los animales no dejan las cosas para después y pueden resolver todas las diferencias en el momento mismo en que se producen.

Con todas sus falencias y postergaciones, la justicia es todo lo que tenemos y si vivimos en una sociedad hay que confiar en ella aunque a veces parezca ciega, sorda y muda.

Un criminal no puede vivir tranquilo cuando ha cometido un delito, aunque haya podido eludir a la justicia, porque siempre habrá alguien dispuesto a vengar la muerte de una víctima.

La desobediencia a las leyes pocas veces se justifica, ya que en realidad lo que representa es falta de actitud cívica y ningún respeto al orden político; sin embargo, es necesario discriminar si se trata de una ley injusta.

El que está dispuesto a quebrantar una ley que considera injusta también tiene que estar preparado a pagar el costo y aceptar la sanción que corresponda, para que su reclamo tenga la altura suficiente como para ser atendido y para demostrar respeto por el estado de derecho.

El respeto a las reglas es para el bien común aunque el derecho no sea siempre moral. Muchas veces se aplican leyes que no cumplen los principios morales pero que resultan beneficiosas para todos.

La gente quiere vivir su vida sin temor, por eso prefiere el condicionamiento de la ley a ser totalmente libre y quedar expuesta a agresiones.

El respeto por las leyes es el compromiso implícito que existe en toda sociedad para evitar la violencia, se pierde la libertad pero se gana seguridad, pero si los responsables del orden social no cumplen con su propósito la gente recobra la libertad para hacer justicia.

Cumplimos la ley porque todos sabemos que es para nuestro propio beneficio, no por cuestiones morales ni por el bien de los demás, simplemente porque queremos quedarnos tranquilos y sentirnos más seguros.

Una ley puede ser injusta pero su desobediencia puede tener consecuencias aún peores.

El sistema de gobierno democrático nos obliga a respetar leyes que no nos convienen porque han sido votadas por la mayoría y aunque estemos en desacuerdo con esas leyes, no pone en peligro nuestro acuerdo anterior sobre algo más esencial, que es el respeto por la democracia.

No obstante, es peligroso hacer la vista gorda a cuanta ley aparezca, porque terminaremos obedeciendo leyes injustas, por eso es necesario tener el suficiente discernimiento como para evaluar hasta qué punto es conveniente la obediencia automática de cualquier ley. La moral nos tiene que servir para reflexionar en estos casos y si es necesario rebelarnos.

Obedecer es mucho más cómodo que desobedecer, sin embargo obedecer sin discernir está reflejando nuestra incapacidad para reaccionar ante leyes inhumanas porque nos hemos acostumbrado a no disentir y a perder nuestro natural estado de alerta.

Las leyes generales siempre son una amenaza para el individuo en particular pero si gozáramos de libertad absoluta estaríamos en manos de los irresponsables.

Con la ley de obediencia debida, un individuo evade la culpa de los crímenes que cometió por orden de sus superiores, o sea que esa ley lo preserva de toda conciencia moral.

Tal vez las leyes no sean perfectas pero es el único sistema que existe hasta ahora para disminuir la violencia, con la precaución de que no sean aplicadas en forma automática, por puro hábito y sin la necesaria reflexión.

Malena
Fuente: “Una semana de Filosofía”; Charles Pépin.