2014/07/02

La fertilidad y las emociones



Muchas parejas tienen problemas para procrear y aunque hoy en día los métodos artificiales para lograrlo son muchos, no son una solución a corto plazo ni dan resultado en forma inmediata.

La fertilidad es la posibilidad que tiene una pareja de engendrar un hijo y una emoción es la capacidad de sentirse afectado.

Las emociones básicas son el miedo, la ira, el amor y también el estrés, que si no se pueden controlar afectan no solamente la posibilidad del embarazo sino también el funcionamiento de todos los órganos.

En estos tiempos todo es urgente, rápido y precipitado. Se come, se trabaja, se hace el amor y hasta se duerme apurado, porque las horas del día no alcanzan para cumplir con todas nuestras expectativas que cada vez son mayores.

Las parejas se plantean la planificación familiar después que lograron todos sus propósitos vocacionales y profesionales y una posición económica cómoda como para brindar a sus hijos lo mejor.

Es así como los años pasan y una vez que logran todos los objetivos que se proponen; a veces ya es tarde para cumplir con el propósito biológico de tener un hijo.

La necesidad de tener una familia se convierte de pronto en una urgencia más y la ansiedad de no poder alcanzar esta meta puede convertirse en angustia y depresión.

La naturaleza parece negarle a quienes desean fervientemente tener un hijo esa posibilidad, en cambio quedan embarazadas muchas adolescentes, generalmente después del desliz de una sola noche.

La esterilidad tiene múltiples causas y para cada una de ellas, por lo general existe un tratamiento eficaz, pero también influye la personalidad de la mujer que desea ser madre, su estado emocional, la real relación con su pareja y si este deseo es verdaderamente genuino y no un mandato social que afecta su autoestima.

Una mujer con una personalidad perfeccionista y exigente está propensa a padecer de endometriosis, falta de ovulación y de desórdenes menstruales y el estrés también puede alterar la producción de espermatozoides en el hombre.

Estos trastornos, agravados por los difíciles tratamientos que tienen que superar para lograr un embarazo, provocan un círculo vicioso que aumenta las dificultades para procrear.

Un embarazo tendría que ser una consecuencia natural de una relación de dos personas que se aman, pero de esta manera se convierte en una continua frustración que muchas veces termina con el vínculo.

Pienso que el deseo de embarazarse tendría que ser la oportunidad de cambiar la acostumbrada actitud de querer controlar todas las cosas y por primera vez esperar con paciencia, rendirse, dejarse llevar, soltar el control y aceptar lo que sea, dejando que la naturaleza haga el resto.

No digo que no se tenga que intentar ningún otro método artificial, se puede intentarlo todo, pero sin la premura acostumbrada de querer conseguirlo todo cuando creemos que ya estamos listos, porque no somos máquinas, somos personas que generalmente no nos conocemos bien ni tampoco siempre sabemos con exactitud lo que realmente queremos.

Malena

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