Hace unos años conocí a un mendigo que solía estacionarse en una calle del barrio de Belgrano a pocas cuadras de mi casa.
Como todos los mendigos deambulaba con una considerable cantidad de bolsas de plástico en las que guardaba sus cosas, pero pasaba la mayor parte del día y de la noche en esa esquina, donde, protegido por el generoso alero de una antigua casa, pernoctaba.
Ni el frío riguroso ni el calor más infernal lo obligaba a abandonar ese lugar. por eso casi llegó a formar parte del paisaje.
Llegamos a conocernos bien porque yo pasaba todos los días por ahí y porque además de dejarle unas monedas, le daba un poco de charla.
Así fue que me enteré que no siempre había sido un mendigo, al contrario, había sido alguna vez un hombre de buena posición, socio principal de una fábrica de perfiles de aluminio con varios empleados. También había tenido una esposa pero no habían tenido hijos.
Vivía con su mujer en un hermoso piso en el barrio de Belgrano y disfrutaba de un muy buen pasar, aunque reconocía que le gustaba el juego y que solía frecuentar mesas de póker donde se jugaba por mucha plata.
Pero llegó la crisis económica, una de tantas que hubo en este país que terminó con los sueños de muchos empresarios que se quedaron sin nada pero con muchas deudas impagas.
Los bancos se quedaron con todo, su socio lo estafó, y su mujer lo dejó.
Pudo salvarse de la cárcel pero no de sentirse de algún modo culpable y caer en una depresión que lo llevó a comenzar a deambular por la calle con sólo lo puesto.
Pasó hambre y frío y padeció la más absoluta soledad, pero con el tiempo descubrió otro mundo, el submundo en el que habitan todos los desheredados, los que han perdido toda esperanza.
La gente se apiadaba de él y lo ayudaba, muchos se sentaban a su lado a conversar y algunas vecinas les llevaban todos los días algo de comer.
Si no hubiera sido por la bondad de tanta gente hubiera muerto, porque había perdido las ganas de comer y sólo quería dormir para no pensar.
Pero un invierno brutal como pocos, como en un duelo desigual, le ganó su última batalla y él no le opuso ninguna resistencia. Falleció mientras dormía, abrazado a sus bolsas de plástico en su pequeño nido de trapos.
Malena Lede
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